miércoles, junio 07, 2006

Capítulo 48: Planes alternativos

Para cuando el grupo de piratas destinados al transporte de cañones se volvió a reunir, había amanecido. Algunos hombres habían aprovechado para descansar antes de lo que prometían ser unos dias bastante duros, mientras que otros habían hecho un reconocimiento superficial de la isla. Cuando el Barbas y sus compañeros llegaron intentaron reunir a todos los demas y les contaron lo acontecido.

-- Mestas disiendo que sos indios son peligrosos, te cria mucho ma hombre barbudo. --dijo Lenierre cuya falta de la mayoria de dientes dificultaba el habla.
--Si esos salvajes son tan peligrosos como dices, lo mejor sería esquivar la selva, deberiamos ir por la costa.-- puntualizo De'jones , encargado del mantenimiento de los cañones, quien además corto una posible pelea con elegancia.
-- Eso sera imposible.
Los demas se giraron, y es que cuando el bueno de Yussun hablaba un escalofrio recorría la espalda a culquiera. Armado con su arco que tenía el grosor de una muñeca de un hombre fornido y era de alto como el, intimida a cualguier hombre. Lo cual era una menudencia comporado con lo que le habían hecho hacer con el, pocas eran las flechas que se clavaban en sus enemigos, y no era porque errara el tiro, era porque aquellas estacas travesaban el cuerpo del desgraciado destrozandolo en menos de un suspiro. El efecto general intimidante era rematado por el pañuelo que siempre llevaba cubriendole la nariz y la boca, y el cual afirmaban muchos, no escondia nada debajo, ocultando una calavera sin mandibula.
-- ¿ Por qué si puede saberse?. -- pregunto Barbas, quien había tenido demasiadas sorpresas esa noche como para dejarse intimidar por un compañero.
-- No podremos bordear la costa por mucho tiempo, más de aquel pequeño cabo se eleva un barranco que hace imposible el transporte de los cañones. -- y el resto estuvo seguro de que aquel diablo con ojos de halcon no se equivocaba.
-- Lo que significa que nos vamos a tener que mojar chicos. -- sentenció Barbas, quien a su pesar parecía haber asumido el titulo de lider de aquella banda de desalmados. -- Cargaremos todo en las barcas y bordearemos la isla para llegar a nuestro destino. Veremos si así conseguiremos despitar a los salvajes de este lugar, antes de que usen nuestras pelotas para hacer tambores que tocaran en nuestro funeral.

Una vez cargado todo de nuevo en las barcas, comenzaron el viaje. Bordear una isla no era tarea facil y habia que confiar que el tiempo no sería muy malo o el oleaje los estrellaría contra las rocas. Barbas era consciente de esto y hizo que dirigiera la travesia Daniel, el grumetillo de abordo, un chaval que con sus 14 años cumplidos se podría haber contado como uno de los mas prometedores navegantes de alta mar, pero al haber pasado a formar parte de la tripulación en un abordaje no tenía más remedio que conformarse con una vida de robos, muerte y corrupcion (la negra y pestilente gloria). Daniel se situa al frente de la barca y iba dando señas al timonel al resto para esquivar rocas y aprovechar distintas corrientes. A ese ritmo llegarían a tiempo al lugar indicado.

Cuando el sol casí se ocultaba en el horizonte, el mar parecio calmarse y el viento amainar, por un momento nuestros bucaneros solo oyeron el sonido de sus repiraciones. Entonces un agudísimo chillido corto el aire y en lo que les parecieron milenios, los hombres solo pudieron taparse las orejas deseando que aquel sonido infernal cesara o se les llevaría el alma. Cuando cesó más de uno de aquellos hombres no podía dejar de temblar, el probre Daniel estaba llorando y Durren le sangraban los oidos. Cuando creían que todo habia pasado un rayo cayo en pleno centro de la isla pese a que el cielo estaba totalmente raso. Reforzando el terror en sus corazones. Solo Barbas parecía más pensativo que asustado y tenía un presentimiento de que podía haber provocado aquel extraño acontecimiento, pero era imposible, estaba a buen recaudo en la Rapsodia.
-- La caja de Pandora se ha abierto. -- dijo Yussun con voz ceremoniosa y divertida y el Barbas vio que sus peores temores se habían confirmado, estando seguro que todos los que tenían que ver con la dichosa caja se habrían enterado de que habia sido abierta.

jueves, mayo 18, 2006

Capítulo 47: La fuga de Arrigo

La luna se elevaba demasiado lentamente entre las siluetas de la espesa jungla de aquella isla. El calor era sofocante, de esa forma que hace brillar de sudor las pieles. Los aullidos débiles y extraños que habían oído desde las barcas se habían ido convirtiendo en un organizado rebufar de bestias. Cuando una de ellas bramó en la distancia --el rugido de un oso que se ahoga en su propia sangre--, la mirada de Arrigo reflejó la luna creciente por unos instantes, y después volvió a apagarse.
Eran bárbaros, como los que el gitano había visto una vez lanzarse a la mar en toscas balsas desde el norte. Gente salvaje; pero había algo mas. Rebuscando desde su alta posición en los ramajes de algo parecido a un sauce, con una herida en la ingle que se negaba a cerrarse, el mayor de los Murillo buscó con la mirada algo que solo había vislumbrado por el rabillo del ojo.
Algo que por algún motivo le había hecho recordar a otra persona que de buena fe había de estar descomponiendose en el fondo del mar, y había dado por llamarse Hammurabi, capitán del Coloso.
Aquella gente eran uténticas moles armadas que más se asemejaban a las bestias salvajes que a la gente civilizada, pero pronto percibió que la manera de moverse de aquella gente tenía mucho que ver con el temor a algo que por fuerza tenía que ser un jefe o un depredador mayor. Un depredador, sentenció interiormente, más grande. Y solo Hammurabi podía ser apenas más grande. De hecho... Arrigo recordó en ese momento la primera impresión dada por el gigantesco capitán: el de un ogro, aunque era evidente que no lo era. Su mente, sin embargo, no pudo evitar pensar en un ogro verdadero dándo órdenes enfurecido. Eso era lo que había creído ver por el rabillo de ojo.

El gitano se había abierto paso desde los cañones recien montados, con la antorcha encendida para permitir que sus compañeros lo persiguieran. En realidad hubiera bastado con distanciarse un corto trecho antes de esconderse, pero pronto se percató de que no estaban solos en la isla. Fue una suerte que aquellos hombres como osos se mostraran en un principio tan sorprendidos como él en el repentino encuentro, y el ágil pirata aprovechó la ocasión para clavar la alfange en las costillas de uno de ellos. Sin embargo, eso no fue suficiente y tubo que retorcer la espada para maximizar destrozos. La brecha no tardó en manar sangre como un caño, pero aquél hideputa no dió en caerse rendido. El bárbaro agarró con una mano enorme la espada que tenía clavada, y con la otra le pegó un revés a Arrigo que lo estampó contra un árbol. Lo siguiente fue danza infernal donde tres o cuatro cazadores perseguían al gitano. Entre otras heridas, la de mas importancia fue la causada cuando una hachuela vino a rasgar toda la piel cercana a la ingle, pero no cortó ningún tendón ni músculo y el gitano acabó pronto encontrando la manera de seguir avanzando por un plano donde los bárbaros nunca podrían alcanzarle: las copas de los árboles, tan parecidas a las arboladuras de su querida Putafosca.

Desde que descubriese que había un traidor en el barco, su plan para sacar tajada de la situación había ido viento en popa, pese a haberse convertido muy seguramente en el principal sospechoso del Rapsodia. Fue en Trewnio donde descubrió un infiltrado intentando colarse en el rapsodia: un muchacho que no tardó en perder la vida cerca del muelle de carga antes de confesar que venía de parte de una famosa bruja.
Poco después embarcó aquella muchacha, y Arrigo no podía augurar más que una nube negra a su alrededor. Su frialdad leal no podía esconder, a ojos de alguien como el gitano, las intenciones de vender la joya más grande del barco. La pregunta entonces era la siguietne ¿Cuál era esa joya que alguien buscaba con demencia? La respuesta quedaba reducida a las siguientes posibilidades: La vida del capitán;, la caja misteriosa que era guardada en el más estricto secreto, y que era custodiada por Edrik; por último, el medallón que tras matar a Hammurabi debía estar en las manos de Tim. Que los avatares del destino hubieran querido que el capitán no poseyera el medallón era un mal mnor, dado que sus perseguidores no tendrían constancia de este hecho. El hermano mayor de los Murillo se decantó por la caja. Era esa caja la que llevaba sujeta en la espalda, y ni siquiera había tenido tiempo de abrirla. Por su bien esperaba que el contenido --vivo o inerte-- no fuese especialmente frágil.
Sin embargo, ahora no estaba tan seguro sobre la traición de Neria. Mientras ella desaprobechaba una tras otra las oportunidades de vender al capitán, a la Cosa o cualquier información, ahora un nuevo polizonte bajo el manto de un esclavo tenía todas las papeletas de ser el agente de un usurpador. Y no solo eso, sino que aquél que había vendido el esclavo había de buscar el maldito lo-que-fuese. A él debía acudir en medio de la noche mientras todos los otros estaban en la isla buscándole.

En estos razonamientos se hallaba cuando una silueta terrible pasó por debajo de él para reunirse con los bárbaros. Estos callaron de inmediato, y algunos de postraron ante él. No era para menos: aquella era la silueta de un monstruo. La de alguien que bien podría ser el padre o el hermano mayor de Hammurabi. Tal vez, un ogro de verdad.

lunes, mayo 15, 2006

Capítulo 46: Pieles pardas

El grupo del Barbas se planteó una misión sencilla, dar caza al traidor. Ningun pirata abandona a su grupo en medio de un importante cometido como el que ahora les ocupaba. Durante un rato pudieron seguir al gitano con facilidad dado que su antorcha relucía en el horizonte. El porque no la había apagado el Barbas prefería no saberlo, quiza fuera por la creciente oscuridad o quiza no. Pero en cuando llegaron a la selva perdieron su estrella guia, los arboles formaban una espesa pared que impedia una visión clara. Deberían seguir el rastro de sus pisadas en la hierba. Dado que la vegetación era abundante pudierón hacerlo con suma facilidad, tallos pisados por un lado, flores arrancadas, setas pateadas el maldito gitano no tenia ninguna intención de esconderse tenía claro que conseguiría huir.

Con un gesto silencioso Durren, un musculoso marinero especialista en la fabricación de cuerdas, detuvo al grupo y señalo un gran arbol situado un poco mas delante. El tronco podría apenas rodearse con diez hombres y estaba rodeado por incontables lianas, pero esto no fue lo que les preocupo, lo que les preocupo fue lo que había a sus pies. La cimitarra dorada con empuñadura con forma de cara de halcón y ojos de rubis, la posesión más preciada de Arrigo que decía haberla encontrado en una de sus innumerebales así como inverosimiles aventuras. Que estuviera allí abandonada solo significaba una cosa, o Arrigo se había vuelto loco de repente
o estaba más tieso que la mojama y a decir por las salpicaduras de sangre en las cuales revoloteaban algunso insectos, esta parecía ser la opción más oportuna. Barbas hizo la misma reflexión hacia sus adentros, penso en la criatura que podia hacer eso a un entrenado pirata, un oso, un tigre, algo más exótico quiza. Recogieron las pertenencias del difunto y se prepararon para volver, tomando como guia únicamente el sentido de la orientación.

"Como un picor detras de la espalda", esta era la mejor definición que se le ocurría al Barbas para describir la mirada que sabía que alguien le estaba clavando, no obstante no debía olvidar felicitarlo el maldito no hacia ruido ni se dejaba de ningun modo, tenía su papel bien aprendido. De todas maneras nuestro viejo Barbas no era ningun novato en este oficio, donde si no mantenías tu atención más centrada en las intenciones de los demas, acababas con tres palmos de acero sobresaliendo de la tripa. Parecía que sus compañeros no se habían percatado aun de la existencia del cazador, así que Barbas decidio utilizar el factor sorpresa.
-- Esperadme aquí tengo que parar a mear. -dijo al tiempo que paraba.
-- No me jodas que piensas pararte a meneartela en esta mierda de jungla. - exclamo Durren.
-- Estaré aqui antes de que me puedas echar de menos maricón. --contesto "Barbas" girandose y haciendo caso omiso el enfurecimiento de Durren.

Siempre habia sido un tipo ordenado, por ello aunque se tratara de mear siempre procuraba hacerlo de esta manera. Linea arriba, linea abajo, formando una perfecta rejilla. Y parece que esta súbita espontanedad suya le había alegrado el día a su perseguidor porque se acercaba lentamente. El barbas escondia su hombría y lentamente echo mano a uno de los afilados cuchillos que había recibido del mejor lanzador de estos que conocía, deseando que se encontrara en mejor suerte que el. Afianzo la hoja y se giro a la velocidad del rayo.

El rojo de la sangre siempre le había parecido algo mágico, como si brillara con la misma vida que otorgaba a sus poseedor, no obstante no se podía lavar con nada y la herida que le habia hecho al "perseguidor" le estaba pringando la camisa. Su supuesto cazador se trataba de un hombre fornido y tremendo de raza negra que portaba una mascara con forma de oso y unas cuantas pieles de este último a modo de ropa. El navajazo parecía haberlo dejado paralizado, o tal vez el hecho de que el viejo que había intentando a empalar con su lanza la había esquiado por suma cautela. Pero aquel salvaje no caía, ajeno al navajazo del pirata parecía más preocupado en otros asuntos, fue entonces cuando se encaro cara a cara con el "Barbas" y le rugio a la cara. Vaya que si le rugío no como un hombre sino como un auténtico oso haciendo que el pirata se estremeciera de terror. Pero un pirata no se asusta, al menos mucho rato, por nada.
Si al Barbas la sangre le gustaba no se podía decir lo mismo de los sesos, y si no querías tener que verlos, descerrajarle un tiro a alguien con un pistolón de balas de un cuarto de libra no era la mejor opción. Aunque ahora no se arrepentía, aquel negro había sacado una fuerza sobrehumana de la nada y poco había faltado para haberlo dejado paralizado de terror. Que demonios habita esta isla pensó.
-- ¿Y este?,-- pregunto Durren cuando aparecio sable en mano dispuesto a combate.
-- Parece ser que el asesino de Arrigo ahora venía por nosotros.
-- La suerte te acompaña una vez más viejo. -- dijo Stephen, el mejor amigo de Durren que completaba el trio de exploración.
-- Debemos volver cuanto antes y avisar a los demas, la selva no es seguro, hagamos nuestro trabajo y larguemonos de aqui cuanto antes.
-- Vamonos pues. --exclamó Durren, y Barbas comprendio que al igual que el todos deseaban volver al cuanto antes.

miércoles, abril 19, 2006

Capítulo 45: Cañones preparados

La rata de Barbas fue la primera en pisar la blanca arena de la isla. Miró hacia las cumbres gemelas con las ultimas luces del día, la espesura virgen de debajo, olisqueó, se atusó los bigotes y temerosa volvió a la barca. Solo cuando el mestizo Emonga, Arrigo y el propio Barbas salieron a toda prisa para empezar a montar el cañón, el roedor dejó la naveta con movimientos inseguros.
A derecha e izquierda, cuatro barcas más con tres hombres cada una, iban llegando y desplegándose con el orden caótico del que solo algunos lobos de mar podían hacer gala: Tres cañones en el golfo de dura roca madre, con amplias vistas al este. Otro mirando al norte, en un montículo en el límite de la espesura. El cañón de Emonga, Arrigo y Barbas quedaba al resguardo del golfo, a unos treinta pies sobre la fina arena de manera que la luna menguante que empezaba a alzarse apenás los alcanzaba. Desde allí tenían un ángulo de visión hacia el este, sureste y sur, aunque su posición tambien era la más comprometida y fácil de ver.
De espaldas a la inexplorada selva, los bucaneros no tardaron en levantar los cañones para llevarlos de la barca al puesto de disparo. De vez en cuando oían graznidos, cantos de aves y ruidos de bestias que solo podían imaginar. Una vez, el grito grave similar al de un simio pasó cerca de los marineros y se perdió hacia el mar.
Cuando al fin hubieron terminado y la necesidad de adentrarse en la espesura se hizo evidente, los sentidos --y sobre todos ellos, el sexto-- empezaron a captar otra cosa, parecida al olor del temor. No había muchas estrellas aquella noche. Chasquidos de alguna rama lejana.

--Si aun te quedara vista, viejo, te diría que observaras- dijo Arrigo. Barbas oteó en el horizonte plano del océano, para acabar distinguiendo, pese a su edad, el debil replandor que solo una embarcación como la de sus perseguidores podía provocar. --Ese Mc Corck no alcanzará el Rapsodia antes del amanecer, así que no nos queda otra que ver qué guarda esta jodida isla.
El anciano asintió grave, y observó como la rata se movía inquieta sin alejarse mucho de su dueño. "No eres la única a quien esto le da mala espina", pensó, y por un momento tubo la certeza de que el roedor había captado a la perfección sus pensamientos. "Una rata lista, sí señor".
El mestizo Emonga fue quien empezó en aquel momento a dar las primeras voces de mando.
--¡Escuchadme bien! Podemos ir en grupos de tres tal como estamos ahora, con una antorcha por grupo y sin alejarnos demasiado entre nosotros. Cuando la luna esté en el cénit todos volveremos a las barcas, así que no os alejeis mucho... ¿Dónde está Arrigo?
Nadie respondió esa pregunta, ni falta que hacía. Inmediatamente, algunos miraron hacia la alta maleza, donde ya casi se había perdido la claridad de la antorcha que el gitano había prendido. Emonga blasfemó entre dientes, rió, y acabó lo qeu iba a decir:
--Sí alguien encuentra algo, que silve para que el resto acuda en silencio. Si es herido, que grite. Si es apresado, que blasfeme. Si es perseguido... entonces que el diablo lo ampare.